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Contenido
Primera Página
Ahora veo bien...
La retina – el centro de la visión
Mientras tanto, en el mundo de la física...
La potencia de la luz
Generación de luz con moléculas
Descubrimientos accidentales
La llegada del Argón
Adaptación del láser a las distintas tareas
Cronología
Créditos
  Conservación del milagro de la vista: el láser y la cirugía oftalmológica

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La potencia de la luz

La historia nos lleva ahora a la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Tras la explosión de la primera bomba atómica, muchos científicos empezaron a investigar las quemaduras en la retina sufridas por aquellos que habían visto la ráfaga de luz atómica desde una distancia de incluso 80 kilómetros y que posteriormente se quedaron ciegos. Un fenómeno similar, ceguera de eclipse, se conocía desde al menos la época de Platón. En la primavera de 1946, el oftalmólogo alemán Gerd Meyer-Schwickerath se interesó por el problema tras examinar cierto número de pacientes que habían sufrido daños en la retina debido al eclipse de sol del 10 de julio de 1945. Observó que las cicatrices de la retina producidas por una exposición intensa a la luz solar "se parecían al tipo de cicatriz que resulta de la diatermia superficial", es decir, el tipo de cicatriz que los médicos trataban de inducir aplicando calor al ojo para sellar los agujeros en la retina o tratar las zonas de retinopatía diabética.

Durante los años siguientes, Meyer-Schwickerath llevó a cabo experimentos exhaustivos con el fin de perfeccionar una técnica de fotocoagulación terapéutica, utilizando la luz para coagular el tejido retinal. No fue una propuesta sencilla. Por una parte, al sellar el agujero de la retina, podía evitarse el desprendimiento de la misma. Pero por otra, la parte de la retina sometida a coagulación se destruiría. El truco consistía en coagular un punto lo más pequeño posible y conservar la máxima visión.

Las investigaciones de Meyer-Schwickerath demostraron que algunas longitudes de onda de luz, concretamente entre 400 y 900 nanómetros, podían atravesar la retina sin perder energía por la absorción o dispersión de proteínas en la córnea y la lente. También descubrió que, a medida que el calor producido por la absorción de la energía de luz en las capas adyacentes de las células pigmentadas aumentaba la temperatura de la retina, ésta, normalmente transparente, se volvía blanca. La zona comenzaría a reflejar la luz en vez de absorberla, y la coagulación cesaría.

Necesitaba un instrumento que pudiese producir quemaduras de coagulación localizadas y precisas en laceraciones de la retina, y hacerlo en poco tiempo para minimizar los daños térmicos en otras parte del ojo. A mediados de los años 50, la American Optical Corporation, [Corporación Norteamericana Óptica], en Southbridge, Massachusetts, desarrolló lámparas de arco de xenón de alta presión para un productor de cine. Estas lámparas de gas producían una luz tan brillante que todo el que las miraba directamente corría el riesgo de coagulación involuntaria en la retina.

Aquí estaba la fuente artificial que Meyer-Schwickerath estaba buscando. Muy pronto los laboratorios Zeiss en Oberlochen, Alemania, habían incorporado la lámpara de xenón a un fotocoagulador que Meyer-Schwickerath elogió como "la mejor perfección técnica" y la más fácil para el uso de los médicos. En 1959 Zeiss envió tres de estas máquinas a los Estados Unidos.

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