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Contenido
Primera Página
La hepatitis B: una enfermedad debilitadora
La búsqueda de pistas en la sangre
Una muestra de sangre decisiva
Una conclusión sorprendente
La revolución en el análisis de sangre
¿Y qué ocurrió con esas partículas?
Una vacuna para prevenir el cáncer de hígado
Desvelado el ABC de la hepatitis
Cronología
Créditos
  La historia de la hepatitis B

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La hepatitis B: una enfermedad debilitadora

La hepatitis viral es una de las enfermedades infecciosas más comunes, y se calcula provoca 1,5 millones de muertes en todo el mundo cada año. La ictericia característica que normalmente provoca la hepatitis B en la piel de sus víctimas ha permitido que la enfermedad se haya detectado con facilidad a lo largo de la historia. Otras señales indicativas de la enfermedad aguda son fiebre, escalofríos, fatiga, náuseas, pérdida de apetito y dolor abdominal. Los síntomas remiten normalmente al cabo de algunas semanas, aunque algunas personas padecen una forma severa de hepatitis B que resulta mortal con gran rapidez.

No obstante, la enfermedad aguda no es la única forma en que la hepatitis B afecta a los humanos. Algunas personas con hepatitis crónica no experimentan síntomas agudos, sino que pueden perder peso, sentirse cansados, tener dolores abdominales e ictericia y sufrir daños en el hígado. En estos casos la enfermedad continúa dañando el hígado durante un período de 15 años o más, hasta que se produce la muerte prematura por fallo hepático o cáncer de hígado. Además, gran cantidad de personas en todo el mundo son "portadoras", lo que significa que sus sistemas inmunológicos toleran el virus y no lo consideran un agente extraño. Por tanto, los portadores no tienen ningún síntoma durante décadas, pero pueden infectar inconscientemente a otras personas. Las madres portadoras transmiten con frecuencia el virus a sus hijos recién nacidos, que se convierten en portadores porque el virus se considera una parte natural de sus cuerpos.

Aunque la hepatitis se conocía desde hace siglos, antes de la Segunda Guerra Mundial los médicos no sabían que estaba causada por un virus. Se suponía que era contagiosa porque las epidemias de hepatitis ocurrían con frecuencia en condiciones de aglomeración e insalubridad, pero cómo se transmitía de una persona a otra era un misterio.

El progreso para resolver el misterio lo realizó en 1940 un médico británico llamado F. O. MacCallum, que estaba especializado en enfermedades hepáticas. A él no le preocupaba tanto la hepatitis como la mortal fiebre amarilla que transmitían los mosquitos, que estaba matando a soldados en África y América del Sur. MacCallum estaba a cargo de la producción de una vacuna contra la fiebre amarilla, y se quedó perplejo al observar que una considerable proporción de soldados a los que se administró la vacuna contra la fiebre amarilla desarrollaron hepatitis pocos meses después. La vacuna contra la fiebre amarilla contenía suero humano, y MacCallum tenía conocimiento de que se había informado de otros casos de hepatitis en la bibliografía médica tras la inoculación de vacunas que contenían suero humano. También tenía conocimiento de algunos casos tras el uso de jeringas y agujas sin esterilizar en el tratamiento de la diabetes o de enfermedades venéreas, instrumentos que podían contener partículas de sangre. MacCallum comenzó a sospechar que la hepatitis podría ser causada por un virus que se transportaba en la sangre humana.

Una serie de observaciones de voluntarios realizadas por MacCallum y otros durante la guerra y poco después, fortalecieron dicha hipótesis y evidenciaron que la hepatitis también se podía transmitir por otros medios distintos a la sangre. MacCallum acuñó el término hepatitis A para la forma de la enfermedad que se transmite principalmente a través de comida y bebida contaminadas con cantidades mínimas de materia fecal y el término hepatitis B para la forma que se transmite principalmente por exposición a sangre contaminada.

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