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La historia de la hepatitis B![]() La búsqueda de pistas en la sangre Durante la siguiente década y media, investigadores de muchos laboratorios trataron en vano de aislar los agentes infecciosos que causaban los dos tipos de hepatitis. Los científicos sospechaban que los organismos culpables eran virus porque eran lo suficientemente pequeños para pasar a través de algunos de los filtros más finos utilizados en experimentos, pero los científicos no podían cultivarlos para identificarlos y estudiarlos. A mediados de la década de 1960, la investigación de la hepatitis había alcanzado un punto muerto desalentador. Entonces, alguien que por aquel entonces no estaba trabajando sobre la enfermedad consiguió un significativo avance en el conocimiento de las causas de la hepatitis. Baruch Blumberg, un investigador médico especializado en medicina interna y bioquímica, estaba interesado en una cuestión más básica: ¿por qué algunas personas eran más propensas a determinadas enfermedades?
En su época de estudiante a principios de los años 1950, Blumberg había realizado investigaciones en Surinam sobre la elefantiasis, una enfermedad parasitaria común en el trópico. Sus investigaciones indicaban que algunas poblaciones étnicas de la ciudad en la que había trabajado eran más susceptibles a la elefantiasis que otras, aunque aparentemente todas estaban expuestas a las mismas condiciones. Pocos años después comenzó a sospechar que las diferencias en la susceptibilidad eran producto de variaciones en la estructura genética de distintas poblaciones étnicas, pero aún no se habían inventado las herramientas de la biología molecular moderna que actualmente permiten a los científicos vincular la susceptibilidad a enfermedades a variaciones genéticas. En aquella época, los investigadores que intentaban detectar diferencias genéticas que pudieran vincularse a la susceptibilidad a enfermedades buscaban diferencias hereditarias en determinadas proteínas de la sangre. Se creía que en algunos casos estas diferencias, llamadas polimorfismos, se mantenían a través de generaciones, porque otorgaban a aquellos que las tenían una ventaja para la supervivencia, tal como la resistencia a una enfermedad. Los investigadores ya habían descubierto diversos polimorfismos en las proteínas de la sangre (por ejemplo, las distintas proteínas de la sangre que determinan el grupo A, 0 ó B), pero este campo era un terreno inmenso y relativamente inexplorado que prometía desvelar los secretos de la susceptibilidad a las enfermedades. A finales de los años 1950, Blumberg emprendió una investigación con el objetivo de descubrir nuevos polimorfismos en las proteínas de la sangre. Con ese fin, comenzó a obtener muestras de sangre de poblaciones de todo el mundo. A principios de los años 1960s, Blumberg se encontraba en los institutos NIH (National Institutes of Health, Institutos Nacionales de Salud), donde colaboraba con el bioquímico Anthony Allison en un proyecto para detectar nuevas proteínas sanguíneas con rapidez y facilidad. Los científicos pensaron que los pacientes que recibieron varias transfusiones de sangre habían encontrado probablemente proteínas sanguíneas lo suficientemente distintas a las suyas propias como para que sus propios cuerpos generaran una reacción inmune, o anticuerpos, contra las proteínas extrañas, o antígenos. Utilizaron una técnica denominada difusión en gel de agar, que se basa en la capacidad del sistema inmunológico para detectar pequeñas diferencias en las proteínas y producir una interacción antígeno-anticuerpo en respuesta a una nueva proteína sanguínea.
La difusión en gel de agar supone la migración de proteínas y complejos antígeno anticuerpo a través de geles. Esta técnica detecta la capacidad del sistema inmunológico para descubrir diferencias en las proteínas y nuevas interacciones antígeno-anticuerpo. En primer lugar, los investigadores recubrieron un portaobjetos de cristal con un gel, en el centro del cual colocaron una muestra de suero de un paciente que había recibido numerosas transfusiones. La muestra estaba rodeada de gel que contenía suero de personas normales que no habían recibido transfusiones. Todas las muestras de suero se difuminaron lentamente a través del gel. Si algún componente del suero de las personas normales reaccionaba de la sangre del paciente, aparecería una línea indicadora blanca que denotaría la presencia de una combinación de antígeno y anticuerpo en una concentración lo suficientemente grande para ser detectada. Esta reacción tenía dos implicaciones posibles: una, que la sangre del paciente sometido a transfusiones contenía anticuerpos que habían estado expuestos anteriormente a antígenos del suero de las otras personas; y dos, que el material encontrado en el suero de una persona podía ser lo suficientemente extraño como para ser un antígeno para otra persona. |
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