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Contenido
Primera Página
La hepatitis B: una enfermedad debilitadora
La búsqueda de pistas en la sangre
Una muestra de sangre decisiva
Una conclusión sorprendente
La revolución en el análisis de sangre
¿Y qué ocurrió con esas partículas?
Una vacuna para prevenir el cáncer de hígado
Desvelado el ABC de la hepatitis
Cronología
Créditos
  La historia de la hepatitis B

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Una muestra de sangre decisiva

Mientras tanto, el especialista en sangre Harvey Alter, del banco de sangre del NIH, también estaba interesado en las reacciones a la sangre de otros. Alter quería averiguar por qué algunos pacientes tenían fiebre, escalofríos o sarpullidos tras recibir transfusiones de sangre. Pensó que podrían sufrir reacciones inmunológicas a proteínas extrañas (antígenos) presentes en la sangre de los donantes. Cuando Alter se enteró de que Blumberg estaba estudiando las reacciones inmunológicas en la sangre de los pacientes que habían recibido muchas transfusiones, fue a visitarle y decidieron colaborar.

Blumberg y Alter utilizaron la difusión en gel de agar para analizar las reacciones del suero de los pacientes que habían recibido varias transfusiones (por ejemplo, pacientes hemofílicos y con leucemia) con los distintos sueros que había reunido Blumberg procedentes de personas con diversos orígenes y de distintos países. En 1963, tras meses de experimentos, los investigadores descubrieron que el suero de un paciente hemofílico de Nueva York reaccionaba con el suero de una persona que vivía en el extremo opuesto del mundo: un aborigen australiano. El descubrimiento no era inusual en sí mismo; hasta ese punto, la sangre de los pacientes a los que se habían realizado transfusiones en estos experimentos había reaccionado con frecuencia a otros sueros, lo que indicaba que los pacientes habían estado expuestos a muchos antígenos comunes mediante transfusiones. Como resultado, no se habían podido obtener conclusiones definitivas sobre qué antígeno o antígenos provocaban la reacción; hasta ahora. Pero, en el experimento concreto con el suero del aborigen australiano, sólo reaccionó con él el suero de uno de los 24 pacientes hemofílicos. La importancia que esto tenía era emocionante, ya que implicaba que era un único y extraño antígeno el que provocaba la reacción. Entonces, ¿cuál era el antígeno? Como sólo ocurría en raras ocasiones, era improbable que se tratara de un antígeno provocado por variación genética en la sangre humana. Era más probable que se tratara de una fuente infecciosa.

Intrigados por esta cuestión, Blumberg y Alter, aunque todavía no estaban trabajando directamente sobre la hepatitis B, realizaron análisis del suero del hemofílico en cuestión con miles de muestras de otros sueros. Descubrieron que sólo una de cada 1.000 muestras de donantes de sangre americanos sanos y no hemofílicos reaccionaba con el suero del hemofílico, mientras que uno de cada 10 pacientes con leucemia reaccionaba. Cualquiera que fuera el antígeno de la sangre del aborigen australiano que había provocado la reacción en las pruebas de Blumberg y Alter, se encontraba también presente con frecuencia en la sangre de pacientes con leucemia. Por otra parte, el antígeno rara vez se encontraba en la sangre de pacientes normales, pero se encontraba con frecuencia en pacientes hemofílicos y con leucemia. Los investigadores denominaron a la misteriosa proteína el antígeno australiano (Aa), en referencia a la patria del aborigen cuya sangre condujo a su descubrimiento. Plantearon la hipótesis de que un antígeno desconocido de la sangre del aborigen australiano reaccionaba a los anticuerpos de la sangre de ciertos pacientes hemofílicos y con leucemia.

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