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Contenido
Primera Página
Ordenación de la naturaleza
El nacimiento de la industria de los polímeros
La ciencia explica los polímeros
Los años de esplendor
Polímeros derivados del petróleo
Trabajar con la naturaleza
Polímeros de diseño
Cronología
Créditos
  Polímeros y personas

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Trabajar con la naturaleza

A medida que se descubrieron nuevas aplicaciones para los polímeros en medicina, algunos investigadores se plantearon si éstos podrían utilizarse en el cuerpo humano, quizás para reparar o sustituir cartílagos y tejidos del organismo. La idea no era completamente nueva. El polímero natural colágeno, presente en el tejido conectivo animal, se ha utilizado como hilo quirúrgico durante más de 2.500 años. Y ya en 1860, un polímero artificial denominado colodión, inventado una década antes por el químico francés Louis Ménard, se utilizó como apósito líquido para heridas leves. El colodión, elaborado mediante la disolución de celulosa nítrica en alcohol y éter, formaba una película sólida que se podía retirar cuando la herida sanaba. Las excelentes propiedades de barrera de los polímeros fueron el centro de investigación de un experimento realizado en 1933 por el biólogo italiano Vicenzo Bisceglie, que implantó en un cobaya células tumorales envueltas en una membrana de nitrocelulosa. Las células consiguieron sobrevivir, protegidas por la membrana, frente al ataque de las células inmunológicas del animal.

Mientras tanto, la cuestión de la lucha con el sistema inmunológico del organismo se convertía en un objetivo esencial de la medicina. Los científicos empezaron a darse cuenta de que muchas de las enfermedades del corazón, hígado y riñones estaban relacionadas con deficiencias de los mismos, y comenzaron a dirigir sus esfuerzos a sustituir los órganos dañados por órganos sanos. Sin embargo, las células inmunológicas del organismo (diseñadas para buscar y destruir cualquier tipo de tejido extraño) no son capaces de distinguir, por ejemplo, entre una maligna infección bacteriana y un riñón transplantado. A pesar de que algunos de los primeros fármacos, como los corticoesteroides, la azatioprina o la 6-mercaptopurina, ayudaban a combatir el rechazo, el problema no desapareció hasta después de 1969, cuando el microbiólogo Jean Borel descubrió un hongo del suelo con propiedades medicinales. 40 años antes se habían obtenido la penicilina y muchos otros antibióticos a partir de hongos, y ahora se había descubierto que la ciclosporina A interfería de forma selectiva con las células inmunológicas específicas que producían la reacción de rechazo. En 1983, la Food and Drug Administration (FDA) de EE.UU. aprobó la ciclosporina A y proporcionó a los cirujanos especialistas en transplantes una herramienta que desde entonces ha salvado la vida a cientos de pacientes con problemas de funcionamiento del corazón, hígado o riñones.

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